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Nuestros miedos

José Ángel Guedea Adiego

8º Dan de Judo - Árbitro Nacional - Maestro Entrenador Nacional

Nuestros miedos

“La ignorancia es muy atrevida”, decía mi madre cuando nos veía salir de casa para realizar un examen que ella consideraba que no habíamos preparado lo suficiente.

Y así como la ignorancia es muy atrevida, también la inconsciencia con que nos hemos conducimos a veces es atrevida y muy peligrosa.

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Recuerdo hace tiempo, rondaríamos los  veinticinco, con mis amigos Carlos García y Paco Gracia, en verano hacíamos viajes en moto a Cambrils, (los padres de Paco tenían un apartamento allí), prácticamente  desnudos encima de la moto, solo con el traje de baño, zapatillas de deporte y gafas, (el casco no era obligatorio), hacíamos a menudo Zaragoza-Cambrils y Cambrils-Zaragoza a 140-160 km/h, “lo que la moto pedía”, demostrando una   inconsciencia brutal.

Pero ¿qué es ser inconsciente? 

“Una persona irresponsable o desconsiderada en grado sumo, y que lleva a cabo acciones dañinas o peligrosas sin tener en cuenta las consecuencias ni los riesgos…”

Y nosotros evidentemente demostrábamos ser unos inconscientes por definición. Con esto no trato de alardear de nada porque por otra parte yo he sido también bastante miedica. Miedica pero inconsciente. 

Tuve un R-5 Turbo rojo, y recuerdo alguna vez, ponerlo a 180-200 en la autopista a la salida de Paris y solo parar para repostar hasta Hendaya, “sentía que controlaba…”

En Alicante en el curso que organizaba Sergio Cardell en su club de Rigoberto Ferrer, una tarde después del entrenamiento decidió que cenaríamos en Benidorm. 

Sergio por entonces además de una ranchera, tenía un R-5 Turbo blanco que se había comprado tras probar el mío después de un viaje que hizo  a Zaragoza una Semana Santa a un curso con el maestro Le Berre. 

Llenamos los dos coches de amigos y salimos para allí. Cogimos la autopista y Sergio se “enchufó”. Traté de seguirlo y lo seguí varios kilómetros hasta que sentí que no iba seguro, no pude más, y decidí dejar que se fuera. Ya nos encontraríamos… 

Nos esperó en el peaje y me dijo: ¿Qué pasa? ¿Tu coche no corre? ¿Qué mi coche es mejor que el tuyo? 

Ese y así era Sergio… y éramos jóvenes e inconscientes

Cuando empezamos con el club y a impartir clases de Judo, afortunadamente tuvimos grupos muy numerosos, algunos de más de 50, sin gran experiencia y sin ser conscientes del peligro que podían acarrear ciertas acciones, nos lanzábamos a la piscina. En las sesiones y entrenamientos hacíamos de todo.  

Poco a poco distintas situaciones que se fueron produciendo nos fueron haciendo más precavidos.

Y cada fin de semana, surgía un entrenamiento o una  competición en cualquier sitio, siempre había una excusa, y en cualquier momento no dudábamos en coger el coche para ir a todos los sitios…

No pensábamos en las situaciones de peligro que todo este movimiento podía implicar. Con el tiempo nos vamos haciendo mayores y nuestros miedos crecen

Recuerdo al principio y después de pasar unos días en Bilbao en el club del maestro Chung, asistiendo a entrenamientos agónicos con nuestros alumnos, hacíamos nage komi “a discreción” sobre el tapiz. 

Ahora utilizo siempre la colchoneta. Trato de evitar riesgos, y el deterioro prematuro de mis alumnos. Mi objetivo es siempre que acaben bien los entrenamientos. Enteros y con buenas sensaciones.

¿Estás bien? Suelo preguntar a mis alumnos después de haber terminado. Porque me costaría entender ahora mandar a casa un alumno y que un dolor, una lesión le recordase permanentemente su entrenamiento.

Recuerdo mi primera lesión en Judo. Aun no era ni cinto amarillo, llevaría escasamente un mes de práctica. Realizando una caída hacia delante por la izquierda, caí sobre el hombro izquierdo. 

Ahora después de 50 años sabría diagnosticarlo “subluxación acromio clavicular”, un  golpe fuerte sobre el hombro. En casa traté por todos los medios de que no se notase, no quería que se tildara al Judo de peligroso, ni que se me “desapuntara”, como se dice ahora, de Judo y recuerdo los esfuerzos durante la comida ese día para aguantar el dolor y que no se me viese que el brazo izquierdo no lo podía manejar.  

Y algunos Profesores con los años nos instalamos en la “zona de confort”

¿Y qué es la zona de confort?

En psicología la zona de confort se refiere a un estado mental donde la persona utiliza conductas de evitación del miedo y la ansiedad en su vida diaria, utilizando un comportamiento rutinario para conseguir un rendimiento constante sin asumir ningún riesgo, es decir, con el “piloto automático”. Es un espacio personal compuesto de estrategias y actitudes que utilizamos a menudo y con las que nos sentimos confortables, instalándose en nuestra manera de actuar porque nos sentimos seguros. Es una zona que sólo abarca lo conocido, ese ambiente donde estamos a gusto y  nos hace sentir seguros.

¿Por qué no pones una fila de gente y saltamos? Me dice Cacem, un infantil de trece años, a veces al realizar la caída de frente en su sesión.

Y que queréis que os diga, a veces lo hacemos y antes era lo habitual, pero implica un riesgo que ahora no me apetece correr. Porque, algunos ciertamente habilidosos, lo hacen muy bien, pero otros menos dotados, les impone, y al no querer ser menos, se ponen en riesgo y se pueden hacer daño.

Y el tiempo de randori en pie. En la década de los 90 dedicábamos un tiempo importante a la práctica en pie. Ahora dedico menos tiempo, quizá debido a la tensión que me produce ver trabajar fuerte a mis alumnos. 

En Japón, las veces que he estado, los entrenamientos en las universidades son siempre prácticamente iguales. Una primera parte de uchi komi en estático y en desplazamiento, un tiempo importante de randori, que es la parte fundamental, para terminar otra vez un tiempo de uchi komi. 

A veces durante el tiempo de uchi komi se incluían novedades como el hacer a tres (para trabajar la fuerza), o realizar nage komi, pero en contadas ocasiones.

Durante el tiempo de randori habitualmente trabajaban fuerte, y hay que reconocer también que para el nivel de ejecución a que se sometían, apenas había lesionados. Por lo menos en el momento. Luego siempre había alguno que por sobrecargas o lesiones aparecía al día siguiente vendado con el brazo en cabestrillo y sin poder practicar. Pero puedo decir que nunca he visto una lesión aparatosa como tal, durante un entrenamiento allí.

Le plus important…  ¡il faut pas se blesser! (lo más importante… ¡no hay que hacerse daño!) es lo que he oído decir siempre al maestro Le Berre en sus entrenamientos.

¡Quand on se blesse, le Judo s’est fini! (Cuando uno se hace daño, el Judo se acaba.)

Y me pregunto: ¿qué ha cambiado? ¿la forma de entrenar?  ¿el Judo? ¿es distinto?, ¿es otra cosa? 

No, el que he cambiado he sido yo. Los Profesores conforme nos hacemos mayores nos volvemos más miedosos.

Cada año en verano, aprovechamos imagino que como en todos los clubes, a pintar y a solventar los desperfectos que se van produciendo.

Este verano, después de 42 años, a mi amigo Jesús Sánchez se le ha ocurrido forrar las esquinas y salientes que en la sala pueden resultar peligrosos, con los que hemos convivido y “toreado”, y hasta ahora hemos sabido evitar.

Y seguro que tiene razón, “más vale tarde que nunca…”

Pero es lo que tiene hacerse mayores. Se acrecientan nuestros miedos.